Tiësto: 13 años después y todavía nos queda pila

Tuvieron que pasar 13 años para que Tiësto regresara a Guadalajara, y la espera no solo valió la pena: llegó con bajos capaces de sacudir el pecho, luces que cortaban la oscuridad como relámpagos y una energía que convirtió la Arena Guadalajara en una pista de baile gigantesca. Desde que comenzaron los primeros beats, el aire cambió. La conversación quedó sepultada bajo el golpe de la música y, de pronto, todos entendimos que esa noche no veníamos a sentarnos.

Después, la producción terminó de hacer lo suyo. Visuales hipnóticos, láseres atravesando el recinto y videos perfectamente sincronizados con cada subida y cada drop construyeron una experiencia que iba mucho más allá de un concierto y aunque el cuerpo empezaba a mandar señales de alerta, nadie quería salir de ahí.

Pero si la música encendió la noche, el público le puso memoria. Qué espectáculo ver a toda una generación reunida: gente de cuarenta y tantos, con hijos, hipotecas, responsabilidades y, seguramente, alguna que otra molestia lumbar, bailando como si el calendario se hubiera equivocado. Durante unas horas, volvimos a tener veinte años. Brincamos, gritamos y nos dejamos llevar por la nostalgia, aunque cada tanto alguna rodilla recordara que los tiempos habían cambiado. El ibuprofeno, por supuesto, ya esperaba su momento de protagonismo.

Y entonces Tiësto volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes referentes de la música electrónica. No se limitó a tocar canciones: construyó una noche de euforia, recuerdos y luces, una celebración para quienes crecimos con sus beats y para quienes todavía encontramos una razón para bailar hasta que el cuerpo diga basta.

Porque los cuarenta son los nuevos veinte… solo que ahora la fiesta termina con un antiinflamatorio, una botella de agua y la certeza de que, mientras suene Tiësto, todavía nos queda pila.

Txt: Aaron Reynaga
Fotografía coretesía Arena Guadalajara
Presentado por Zignia Live