The Neighbourhood: instrucciones para perder el control
“Desabrochen sus cinturones de seguridad”.
La voz, femenina y aparentemente artificial, apareció antes de comenzar la primera canción del concierto de The Neighbourhood en el Auditorio Telmex. No era exactamente una bienvenida. Era una instrucción. Como si para iniciar el viaje alguien necesitara recordarnos que, a partir de ese momento, las reglas podían cambiar. Y el público estaba dispuesto a seguirlas.
Desde los primeros minutos, Guadalajara respondió con gritos, aplausos y cuerpos en movimiento. THE NBHD no necesitó demasiado para establecer esa conexión: seis músicos acompañando al cantante Jesse Rutherford, quien apareció con lentes oscuros y una imagen deliberadamente despreocupada, vestido de manera casual y con una playera rota que llevaba estampado un símbolo de amor y paz.




A la tercera canción se quitó los lentes. Más adelante se quitaría también la playera. Y permanecería así prácticamente hasta el final, mostrando un cuerpo cubierto de tatuajes mientras continuaba cantando, tocando el pandero en algunos temas y mascando chicle con una naturalidad casi desconcertante. No parecía existir una frontera demasiado clara entre el personaje sobre el escenario y la persona que simplemente había decidido estar ahí esa noche. Quizá por eso el concierto se sintió menos como una presentación y más como una sucesión de estados de ánimo.
Al principio, las pantallas no intentaban construir otro mundo. Mostraban a los propios músicos tocando en tiempo real, acompañados por una iluminación que hacía que el escenario respirara con ellos. La banda estaba ahí, sin demasiados intermediarios. Después, algo comenzó a cambiar.
La voz femenina regresaba ocasionalmente para anunciar nuevos momentos del viaje. Cuando llegó la sección de baladas, incluso recomendó tener pañuelos cerca por si alguien terminaba llorando. La instrucción era casi absurda. Y, sin embargo, funcionaba.
Porque The Neighbourhood parecía entender que un concierto también puede ser una forma de conducir el estado emocional de cientos de personas al mismo tiempo. La música marcaba el camino, las luces cambiaban el paisaje y aquella voz artificial aparecía como una especie de guía turística de nuestras propias emociones.




A mediados del concierto aparecieron los visuales personalizados para distintas canciones. Lo que antes era una transmisión directa de lo que ocurría sobre el escenario comenzó a convertirse en otra cosa: imágenes que ampliaban las canciones y construían una atmósfera alrededor de ellas.
El bajo y los graves de la batería predominaban en el sonido, haciendo que algunas canciones no solo se escucharan, sino que se sintieran físicamente. Mientras tanto, un camarógrafo recorrió el escenario durante un momento con una live cam, acercándose a cada uno de los integrantes y llevando sus rostros hasta las pantallas.
Y entonces llegó una de esas imágenes que parecen existir únicamente durante unos segundos, pero que terminan quedándose mucho más tiempo. Una cámara aérea comenzó a recorrer el escenario mientras Jesse se tendía en el piso, dentro de un círculo de luz. Visto desde arriba, el cantante parecía suspendido en medio de la oscuridad, reducido por un instante a una figura solitaria habitando un pequeño universo luminoso.
El concierto también tuvo momentos más extraños. En una canción, Jesse cantó de lado durante un instante antes de girarse nuevamente hacia el público, como si hubiera estado conversando consigo mismo. En otra, convirtió a todo el Auditorio Telmex en un coro improvisado al enseñar una parte de una nueva canción y dar instrucciones sencillas para que todos la cantaran juntos. No hacía falta conocerla: bastaba con escuchar, repetir y formar parte. Y eso parecía importar cada vez más.


El público dejó de ser solamente público. Cientos de teléfonos se encendieron al mismo tiempo y el recinto se transformó en un cielo improvisado: pequeñas luces flotando en la oscuridad como luciérnagas o estrellas. Por unos minutos nadie necesitó una instrucción para saber qué hacer. Solo había que mirar. Y dejarse llevar.
Casi al final, Jesse comenzó a mover las manos de manera ondulatoria e invitó a todos a hacer lo mismo. El movimiento colectivo comenzó a parecerse al oleaje de un mar imaginario mientras, detrás de ellos, las pantallas mostraban agua y la cámara aérea capturaba desde arriba aquella marea humana. Ya no era la banda creando una imagen para el público. Era el público convirtiéndose en la imagen.
Quizá esa era la verdadera contradicción del concierto: una voz artificial nos decía cuándo levantarnos, cuándo desabrocharnos el cinturón y hasta cuándo prepararnos para llorar, mientras la banda hacía exactamente lo contrario con su música. Nos quitaba poco a poco el control. Los lentes desaparecieron. La camisa desapareció. La distancia entre escenario y público también pareció reducirse, hasta convertirse en uno mismo, luego de un ritual sonoro o un trance colectivo que se construyó canción tras canción. Y cuando el concierto se acercaba al final, Jesse volvió a ponerse los lentes oscuros. Como si después de haber pasado por todas aquellas emociones necesitara recuperar nuevamente cierta distancia.
The Neighbourhood dejó Guadalajara después de un recorrido que pasó por la oscuridad, la nostalgia, la euforia y la intimidad. Hubo canciones conocidas, otras que apenas comienzan a existir y un público dispuesto a seguir cada indicación, incluso cuando fuera simplemente dejarse llevar y perder el control. Al principio, una voz nos pidió desabrochar los cinturones de seguridad. Quizá era la única instrucción que realmente necesitábamos. Porque después de eso ya no había nada que sujetar.
Txt: Adán Madrigal | Invitado Impar
Fotografía por: Fanny López | @fannylopezmx
Presentado por OCESA
