Guadalajara se rinde ante la magia de Pat Metheny
El pasado 20 de septiembre, Guadalajara fue testigo de la genialidad de Pat Metheny, una de las grandes leyendas vivientes de la guitarra. Desde el primer acorde, el público se sumergió en un silencio absoluto y una entrega total a la música, gracias a la prohibición del uso de celulares. Con este gesto, Metheny dejó claro su mensaje: la música debe vivirse en el presente, sin distracciones, como un espacio de encuentro profundo entre el artista y la audiencia. Así, cada espectador recibió con total claridad la invitación del guitarrista a conectar con lo esencial: el poder transformador del sonido.
El concierto comenzó con una sección acústica en la que Pat Metheny presentó al público una paleta de guitarras: algunas en afinación estándar, seguidas por barítono de cuerdas de nylon y de acero, además de sus modelos convencionales. Desde los primeros acordes, cada instrumento mostró un carácter único: la profundidad y el cuerpo de las barítono contrastaban con la claridad de las guitarras de cuerdas de acero y la calidez de las de nylon. Las frecuencias graves se expandieron con una nitidez impecable, llenando cada rincón del teatro y haciendo vibrar al unísono cada corazón presente.



Posteriormente, Pat Metheny abrió espacio al free jazz, evocando el espíritu de su colaboración con John Zorn. En ese momento, la apertura sonora del guitarrista se hizo evidente: líneas impredecibles, texturas ásperas y un juego de contrastes que mostraron la faceta más arriesgada y vanguardista de su genio musical.
La noche avanzaba y llegó el turno de la improvisación con su inconfundible tono en la guitarra eléctrica. Pero Metheny no se detuvo ahí: también recurrió a su guitarra-sintetizador Roland GR-300, un sistema legendario que ha acompañado gran parte de su carrera. Con este instrumento expandió el espectro sonoro hacia territorios que rozaban lo orquestal, fusionando melodía y atmósfera en un mismo gesto. Cada nota se transformaba en un universo de texturas, y el público pudo presenciar la faceta más visionaria de su arte.



El cierre que nadie esperaba explotó cuando los aparatos del Orchestrion aparecieron sobre el escenario. Metheny no sólo estaba con una banda humana, sino que se rodeó de una colección de instrumentos acústicos y mecánicos controlados por sistemas electrónicos: pianos automáticos, marimbas, percusiones, instrumentos de golpes (solenoides), «botellas sopladas», guitarras-robots, etc. Cada uno de esos artefactos respondía con precisión, como si fuera parte de un ejército musical viviente, sincronizados para crear una auténtica orquesta mecánica que acompañaba, dialogaba y hasta retaba a Metheny.
Fue un momento de tensión sonora: lo mecánico y lo humano fusionados, sonidos imprevistos se entrelazaban, texturas que parecían venir de múltiples dimensiones. Y lo mejor: no sonaba como máquina, ni como un show de efectos, sino como música viva, con respiración, con pulso y emoción. Un broche que transformó toda la velada en algo más que un concierto—una demostración de que la tecnología puede ser aliada del alma musical con ingenio.
Al final, quedó claro por qué Pat Metheny es considerado una de las grandes leyendas de la música contemporánea. No solo por su virtuosismo técnico, ni por la diversidad de guitarras y recursos sonoros que desplegó, sino porque cada momento del concierto estuvo cargado de honestidad, innovación y un profundo respeto por la experiencia musical compartida con el público. Una velada que reafirmó su lugar como un artista único, capaz de sorprender incluso después de décadas de trayectoria.
Txt: Hugo Mijangos
Fotografía: Fanny López
