El carnaval pa’ toda la vida de los Cadillacs
El pasado miércoles, el Auditorio Telmex fue testigo de un repertorio que no solo marcó a toda una generación, sino que consolidó el relevo generacional en tiempo real; resultó conmovedor ver a padres con niños de apenas cinco años iniciando su camino en el rock latino. Con una sección de vientos impecable y ese groove irresistible que dicta el pulso de la noche, Los Fabulosos Cadillacs demostraron, una vez más, su capacidad mística para convertir el silencio en carnaval, reafirmándose como el soundtrack definitivo de nuestras vidas.
Los años no pasan en vano y cada vez compruebo más que bandas de este calibre se añejan como el buen vino: solo saben mejor con el tiempo. Para muchos de los presentes, este fue el mejor concierto de los Cadillacs que nos ha tocado presenciar; en mi caso, siendo el cuarto, fue el que más disfruté. Suenan mejor, sus composiciones han madurado con una profundidad distinta y cada acorde de este bello catálogo ahora viene cargado con el peso dorado de los recuerdos.



Carnaval toda la vida puso a bailar a todo el recinto, logrando que la unión se manifestara una vez más a través de la música, con esa mística que solo las piezas atemporales logran transmitir. Himnos como Mal bicho, Matador y la energía de Carmela fueron fundamentales para mantener la euforia colectiva en su punto máximo, mientras que la nostalgia se apoderó de todos con los acordes de Siguiendo la luna. Cada tema fue coreado de principio a fin, pero el clímax llegó con el himno de despedida: Yo no me sentaría en tu mesa. En ese momento, el Telmex se transformó en una auténtica hinchada argentina; una marea apasionada que, más que a un club, le cantaba con el alma a su único equipo: Los Fabulosos Cadillacs.
Lo más impresionante de esta etapa de la banda es presenciar cómo el legado se transmite en el mismo escenario. La presencia de Florian Fernández Capello en la guitarra y de Astor Cianciarulo en la batería y el bajo no es un simple gesto familiar; ambos músicos aportan una energía renovada que empuja a los veteranos a sonar más potentes que nunca. Ver a Vicentico y al Sr. Flavio compartir el protagonismo con sus hijos convierte el concierto en un ritual de paso, donde la vieja guardia y la nueva generación se funden en un sonido que garantiza que el espíritu de la banda tiene cuerda para muchas décadas más. Con Vicentico reafirmándose como un tremendo frontman y Flavio como el soporte inagotable de la base rítmica —quien funciona literalmente como la pila del grupo—, los Cadillacs despliegan un groove impresionante que solo se puede dimensionar por completo al vivirlo en directo.



A veces olvidamos que la vida debe gozarse, y estos conciertos funcionan como el recordatorio necesario de que la esencia de nuestra existencia es transformar el caos en un carnaval; bailar, y bailar mucho, al ritmo de lo que más nos apasiona. Flavio, desde su bajo, contagia tanto ese sentimiento que me fui con una gran tarea personal: mantener encendida esa misma energía.
Los Cadillacs siempre han sido para mí un símbolo de alegría, baile y amistad; de esas que son para siempre. Me gusta quedarme con esa tipografía sonora para guardar mis recuerdos, pues me hicieron rememorar, entre lágrimas, a uno de mis mejores amigos que ya no está, pero que a la vez me hacía reír con varias de estas rolas. Es una magia que solo la música puede transmitir y que recomiendo mucho replicar.
Txt: Hugo Mijangos | hugo_mijangos_music
Fotografía por: Martín Esparza
Presentado por OCESA
