Fobia: cuatro décadas después, siguen sintiéndose vivos (uoh-oh-oh-oh-oh)

Hay bandas que envejecen tratando de perseguir el tiempo. Otras, en cambio, aprenden a caminar junto a él. Lo de Fobia en el Auditorio Telmex no fue un ejercicio de nostalgia ni una ceremonia para recordar lo que alguna vez fueron. Fue la confirmación de que hay grupos capaces de sobrevivir a las épocas, las modas y las generaciones porque entendieron algo esencial: las canciones también mutan, crecen y encuentran nuevas formas de seguir respirando.

La noche comenzó con Malcriada, el proyecto de Mathilde Sobrino y Pepe Pecas, quienes ofrecieron un show breve pero sólido que ayudó a preparar el terreno para lo que vendría después. Entre sintetizadores, actitud y una energía desenfadada, el público comenzó a entrar lentamente en sintonía mientras el Auditorio Telmex terminaba de llenarse.

Entonces apareció Fobia. Sin demasiadas introducciones, la banda abrió con “Veneno vil” y “No eres yo”, dos canciones suficientes para dejar claro que la gira de 40 años no sería una visita contemplativa al pasado, sino una celebración viva de todo lo que aún permanece encendido. Solo después de ese arranque Leonardo de Lozanne saludó al público y comentó que este era el comienzo de la gira de la banda.

La emoción por iniciar el recorrido en Guadalajara era evidente. La banda recordó que tanto la capital tapatía como Monterrey fueron de las primeras ciudades que los recibieron fuera de Ciudad de México cuando apenas comenzaban, lugares donde nacieron clubes de fans que, cuatro décadas después, siguen acompañándolos. Y quizá de eso trató realmente la noche: permanencia.

Mientras muchas producciones actuales apuestan por pantallas saturadas y espectáculos visuales gigantescos, Fobia decidió mantener todo sorprendentemente sobrio. Los visuales eran mínimos o casi inexistentes; de vez en cuando aparecía únicamente el nombre de la banda o la silueta de un pájaro sobre las pantallas. No hacía falta demasiado más. La atención estaba completamente puesta en las canciones y en una audiencia que respondía con coros y aplausos prácticamente en cada tema.

Hubo momentos donde el concierto pareció convertirse en una conversación entre distintas versiones de la propia banda. El pasado apareció cuando Leonardo anunció: “Hace mucho que no tocaba esta”, antes de interpretar “La iguana”. Luego llegaron temas como “Muy maníaco de mi parte” y “No soy un buen perdedor”, mientras la armónica aparecía ocasionalmente para darle nuevas texturas a algunas canciones.

En cierto punto se activó una live cam que comenzó a proyectar imágenes en tiempo real sobre las pantallas y que permanecería presente durante buena parte del concierto. Más que un recurso tecnológico, funcionó como una ventana íntima hacia el escenario, como si Fobia quisiera recordarle al público que después de tantos años todavía existe algo profundamente humano y espontáneo detrás de cada canción.

Uno de los momentos más especiales de la noche llegó con “Vampiros”, interpretada apenas por segunda ocasión con los cinco integrantes juntos. Después vinieron “200 sábados”, “Hipnotízame” y “Dos corazones”, esta última acompañada por un Auditorio Telmex entero saltando al ritmo de la banda, convertido por unos minutos en una masa uniforme de voces y movimiento.

Entonces ocurrió una transformación inesperada. El concierto entró en una especie de intermedio electrónico donde la energía cambió por completo y una bola disco descendió al centro del escenario, bañando el recinto en destellos mientras la música se volvía más densa y expansiva. Fue uno de esos momentos donde Fobia pareció demostrar que todavía disfruta jugar consigo mismo. Más adelante llegó “Hoy tengo miedo”, antes de que la banda abandonara momentáneamente el escenario.

El encore apareció con “Me siento vivo”, “Revolución” y “El diablo”, además de un impresionante solo de batería que funcionó como carta de presentación oficial para Elohim Corona, nuevo baterista del grupo, cuya energía terminó por consolidarse como una de las grandes sorpresas de la noche.

Pero el final no podía ser convencional. Para “Microbito”, Fobia invitó nuevamente a Malcriada y a otras personas al escenario, las cuales llevaban objetos similares a globos o flotadores de natación y aparecían alrededor de la banda en medio de una versión extraña, caótica, surrealista y festiva que terminó por romper cualquier idea de solemnidad. Fobia decidió cerrar la noche no mirando hacia atrás, sino jugando. Y quizá ahí sigue estando su secreto.

Mientras otras bandas se convierten en monumentos inmóviles de sí mismas, Fobia todavía parece disfrutar el riesgo de deformar sus propias canciones, reírse de ellas y volverlas algo distinto. Como si cuarenta años después el fuego no hubiera desaparecido: simplemente hubiera aprendido nuevas maneras de arder y mantenerse vivo.

Txt: Adán Madrigal | Invitado Impar
Fotografía por: Fanny López | @fannylopezmx

Presentado por OCESA