Lunes, 18 febrero 2013

Gourmet Callejero

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16 de los fotógrafos más destacados de la ciudad capturan la esencia de algunos de los puestos callejeros y restaurantes emblemáticos de Guadalajara. Un recorrido visual por la gastronomía tapatía y los lugares que han permanecido por años y que son actualmente una tradición. Los fotógrafos incluidos en esta exposición: Jorge Barragán, luis/caballo, Mónica Cárdenas, David Corona, Cuitláhuac Correa, Natalia Fregoso, Nancy Cisneros, José Hernández Claire, Tonatiuh Figueroa, Humberto Muñiz, Rafael del Río, Paula Islas, Jorge Alberto Mendoza, Rocío Lomelí, Alcides Mayo y Abraham Pérez.

Esta exposición se acompaña de una guía impresa, Gourmet Callejero: 20,000 ejemplares de un mapa para difundir el acervo gastronómico tapatío, y su relación intensa con nuestra identidad y paisaje.

Comerse la calle

Hay toda una geografía urbana formada por la red de puestos callejeros que existen en la ciudad. Verdadero sistema nervioso que articula y hace más visibles los entornos urbanos de Guadalajara, los puestos callejeros, cuando están hechos e instalados con atingencia, contribuyen a humanizar la urbe, a darle hitos y referencias, a familiarizar a gentes de otros lados con rumbos que de otra manera no frecuentarían.

Mucho es lo que tienen que decir los comerciantes establecidos acerca de este sistema ubicuo, flexible y que muchas veces logra evadir ordenamientos y obligaciones fiscales. Sin embargo, es evidente que llenan una necesidad social y en muchos casos son una verdadera aportación a la ciudad. Su existencia contribuye a caracterizar barrios y colonias, a darle una escala humana a las calles, inclusive, su funcionamiento nocturno vuelve más seguros y tranquilizantes muchos entornos que sin ellos se entristecerían grandemente.

Comer en la calle es una afición largamente tapatía. Generaciones de habitantes han hecho costumbre inveterada de consumir todo lo que ofrecen los puestos con relativa frecuencia. Acercarse a un puesto, digamos de camarones en Santa Teresita, propicia la mencionada familiarización con el barrio y el disfrute de su animada vida. Luego, los buenos puesteros generalmente tienen buen trato, son amables y animados conversadores. Frecuentemente se arma el cotarro mientras se consume el coctel en turno y se comenta entre desconocidos la última hazaña de las Chivas, la reciente desgracia de las Márgaras, o los hechos de actualidad más urgente. De esta manera quien asiste a un puesto se apropia de la ciudad de una manera que no sospechan quienes solamente atienden a negocios establecidos y desprecian el consumo callejero.

Éstos últimos no saben de lo que se pierden Porque comer en la calle es comerse, hacer suya de alguna manera una realidad más cercana, más entrañable y más cierta. Además, desde el punto de vista estrictamente culinario, se pueden comer en la calle cosas insuperables e imposibles de encontrar en otro lado.

Cada buen conocedor tendrá su lista particular de lugares y platillos. No incurriremos en la personal enumeración más que para mencionar algunas de las delicias que al azar de las calles se pueden hallar. Las ahogadas en primer lugar, ceremoniales ellas, que solamente se comen en la tardía mañana y al mediodía. Los camarones, cuya calidad y limpieza, encontradas en diversos puestos, los vuelve ampliamente recomendables. Los tacos en sus infinitas presentaciones. Los jotdogs, que en ocasiones, gracias al particular sazón del jotdoguero pueden ser excelsos. Espléndidas hamburguesas. Las frutas, que además son todo un espectáculo. Los lonches, el tejuino, los elotes asados, las guasanas y un largo etcétera que recorre de punta a punta la ciudad entera. Bueno, entera no, porque en las colonias pretendidamente catrinas y en los llamados “cotos” no hay puestos callejeros. Ellos se los pierden.

Comer en la calle es un placer que logra hacer a la ciudad más cercana, más familiar y más humana: larga vida a los puestos callejeros.

Texto del maestro Juan Palomar

Fuente: Secretaría de Cultura de Guadalajara